La respuesta de San Francisco de Asís

Se hallaba San Francisco con el hermano Maseo, hombre de gran santidad y discreción y dotado de gracia para hablar de Dios; por ello lo amaba mucho San Francisco. Un día, el hermano quiso probar hasta dónde llegaba su humildad; le salió al encuentro y le dijo en tono de reproche:

– ¿Por qué a ti?, 

– ¿Qué quieres decir con eso? -repuso él.

– ¿Por qué todo el mundo va detrás de ti y no parece sino que todos pugnan por verte, oírte y obedecerte?. Tú no eres hermoso de cuerpo, no sobresales por la ciencia, no eres noble, y entonces, al oír esto, San Francisco sintió una grande alegría de espíritu, se dirigió a él y le dijo:

– ¿Quieres saber por qué a mí viene todo el mundo? Esto me viene de los ojos del Dios altísimo, que miran en todas partes, a buenos y malos, y esos ojos santísimos no han visto, entre los pecadores, ninguno más vil ni más inútil, ni más grande pecador que yo. Y como no ha hallado sobre la tierra otra criatura más vil para realizar la obra maravillosa que se había propuesto, me ha escogido a mí para confundir la nobleza, la grandeza y la fortaleza, la belleza y la sabiduría del mundo, a fin de que quede patente que de Él, y no de criatura alguna, proviene toda virtud y todo bien, y nadie puede gloriarse en presencia de Él, sino que quien se gloría, ha de gloriarse en el Señor.

Dios piensa siempre distinto.

Esa respuesta que dio San Francisco de Asís al fraile Maseo debe ser para nosotros una invitación a ser siempre humildes.

Una piedra en el camino

Hace mucho tiempo, un rey colocó una gran roca obstaculizando un camino.

Se escondió y miró para ver si alguien quitaba la tremenda piedra.

Algunos pasaron simplemente dando una vuelta.

Muchos culparon al rey por no mantener los caminos despejados, pero ninguno hizo nada para sacar la piedra del camino.

Un campesino que pasaba por allí con una carga de verduras, la vio.

Al aproximarse a ella puso su carga en el piso y trató de mover la roca a un lado del camino.

Después de empujar y fatigarse mucho, con gran esfuerzo, lo logró.

Mientras recogía su carga de vegetales, vio una bolsa en el suelo, justo donde había estado la roca.

La bolsa contenía muchas monedas de oro y una nota del mismo rey diciendo que el oro era la recompensa para la persona que removiera la piedra del camino.

El campesino aprendió ese día que cada obstáculo puede estar disfrazando una oportunidad. 

Las crisis no son obstáculos en nuestra vida, sino como las comprenden los chinos, este término procede de dos palabras: “Oportunidad y Madurez”, y son siempre un motivo que nos ayuda a alcanzar nuestro más pleno desarrollo y crecimiento integral. 

Sólo apóyate más en el Señor. Él no te dejará con toda la carga, Él sabe muy bien qué hacer con ella, es experto en eso.

Apoyarnos más en Dios Nuestro Señor debe ser nuestro propósito principal hoy y siempre.

Tiempos locos que estamos viviendo

Don Camilo, levantando los brazos al cielo, decía: 

– Señor, ¿qué significan estos tiempos tan locos que estamos viviendo? ¿No será acaso que el “cerco” ya está por cerrarse y el mundo corre hacia su rápida destrucción?

-Don Camilo, ¿por qué tanto pesimismo? ¿Quiere decir que mi misión entre los hombres habría fracasado porque la maldad de los hombres fue más fuerte que la bondad de Dios? 

-No, Señor, yo sólo quería decir que hoy la gente sólo cree en lo que ve y toca. Pero existen cosas esenciales que no se ven ni se tocan: como el amor, la bondad, la piedad, la honestidad, el pudor, la esperanza. Y la fe. Cosas sin las cuales no se puede vivir. Esta es la autodestrucción de la que yo hablaba. Me parece que el hombre está destruyendo su patrimonio espiritual. La única riqueza que en miles de siglos había acumulado… Señor, si es esto lo que sucederá ¿qué podemos hacer nosotros?

Cristo sonrió: 

-Hagan lo que hace el campesino cuando el río se desborda e invade los campos: entonces, hay que salvar la semilla. Cuando el río vuelva a entrar en su cauce, la tierra surgirá de nuevo y el sol la secará. Si el campesino logró salvar la semilla, podrá sembrarla en la tierra que ahora se ha vuelto más fértil por el limo del río, la semilla dará su fruto, y las espigas grandes y doradas darán a los hombres paz, vida y esperanza. Es necesario salvar la semilla: la fe…

Frente a la semilla, que es la Palabra, sólo podemos dar una respuesta: la fe; pero una fe transformadora y creadora de un hombre nuevo. Creer y no cambiar de vida, no producir frutos de buenas obras, indica falsedad en la fe.

Nunca la maldad de los hombres será más fuerte que la bondad de Dios.

El amor siempre ha de triunfar.

Un millón cada mañana

Un avaro que quería siempre más y más dinero, una noche mientras contaba sus monedas y billetes se le apareció un genio que le dijo: “Tus deseos serán cumplidos. Todos los días tendrás un millón de pesos, pero con una condición”.

El hombre, medio atontado por la noticia, ni preguntó cuál sería la condición; enseguida dijo que aceptaba.

El continuó: Recibirás todas las mañanas esa cantidad con la condición de que hayas gastado todo al terminar el día. Al llegar la media noche, si te ha sobrado un centavo, morirás.

Al principio todo marchó bien, compraba muebles, ropa, carros, aparatos eléctricos, tierras, las novedades que aparecían.

El dinero se agotaba enseguida. Con el correr del tiempo, la tarea se fue poniendo difícil. Si jugaba a la lotería ganaba, sus propiedades le rendían grandes cantidades, lo del banco se multiplicada, no había nada que él no hubiera comprado.

Llegó el día en que no consiguió deshacerse de la cantidad que había recibido por la mañana, apareció el genio, carcajeándose sarcásticamente y escribió su sentencia de muerte. 

El hombre se excusó, dio explicaciones: “Pero yo recurrí a todos los medios para gastar ese maldito dinero”.

Solamente te faltó aplica un medio, el mejor de todos: Te faltó emplear esa fortuna a favor de los pobres. Si así lo hubieses hecho, te hubieras salvado.

Que importante es recordar siempre que los bienes que tenemos no son nuestros, sino que Dios nos los presta para que compartan con los demás.

Manos vacías

Una joven está agonizando. La rodean sus parientes y amigos; ya no puede pronunciar palabra. Sin embargo, su conciencia se mantiene lúcida. Sus ojos lucen vivos y aparentan captar todo lo que pasa a su alrededor. 

En un momento dado, todo el mundo la mira. Parece que tiene alguna cosa que comunicar, pero no consigue transmitirla. ¿Se trata de una petición? ¿De un desahogo? Crece la ansiedad en quienes la rodean.

Por fin, con un esfuerzo supremo, la joven extiende los brazos, abre las manos y las mantiene extendidas con las palmas abiertas, mientras mira hacia el cielo. Al parecer, entendieron el sentido de ese gesto, las palmas abiertas y el mirar angustiado hacia el cielo.

El sentido era bastante claro: la joven tenía miedo de comparecer ante Dios con las manos vacías. Pensaba no haber hecho nada útil durante su corta existencia.

Felizmente, su temor era infundado; había tenido una vida de gran entrega.

También a nosotros se nos invita a “seguir adelante”, a no quedarnos satisfechos de cómo vivimos el evangelio de Jesús, porque siempre podemos mejorar nuestra calidad de fe y el testimonio que damos. No sólo en lo espiritual y en la caridad social: también en la entrega de nuestra vida, dedicada más a Dios. Aunque tengamos que remar contra corriente en medio de una sociedad cuyo único criterio, a veces, parece ser el hedonismo fácil, sacarle la vuela a lo difícil, al sacrificio, a la cruz.

Remar contra corriente, es decir que vayamos siempre en favor de la vida, aunque muchos estén sembrando muerte.

Se obró el milagro

A San Antonio María Claret le rogaron que fuera a asistir a bien morir a cuatro reos condenados a muerte. Todos rechazaban la confesión. Él se fue al instante a la cárcel, estuvo con los cuatro reos, les habló con aquel celo y amor que él poseía y logró convertirlos.

Ya en el patíbulo les preguntó, según la fórmula del ritual, si perdonaban a todos aquellos que les hubieran ofendido. Uno de los condenados se adelantó al santo obispo y con voz clara, que fue oída por la multitud, le dijo: -“Yo perdono a todos, excepto a mi madre, ella es la causante de que yo haya venido aquí a acabar mi vida en trance tan horrible, por no haberme corregido cuando debía”.

La multitud que presenciaba la escena quedó presa de honda emoción.

San Antonio María Claret se puso de rodillas junto a los pies del condenado, se inclinó y se los besó. Le suplicaba con toda dulzura y vehemencia perdonase a su pobre madre; que lo hiciera por amor a Jesucristo.

Lloraba la gente conmovida por la actitud humilde de él, y el reo repetía insistentemente. “A usted, padre, nada tengo que perdonar, en nada me ha ofendido; mi madre es la responsable de todo”.

La ejecución no podía retrasarse por más tiempo. El santo obispo oraba fervoroso por la conversión de aquel hombre. El verdugo se impacientaba. Por fin aquel criminal, un momento antes de la ejecución, se reconcilió con su madre y la perdonó.

Nunca hay que decir “esta persona ya no tiene remedio” porque para Dios no hay imposibles.

El brujo astuto

Una señora muy pobre telefoneó a un programa cristiano de radio pidiendo ayuda. Un brujo que oía el programa consiguió su dirección, llamó a sus secretarios y ordenó que compraran alimentos y los llevaran a la mujer con la siguiente instrucción: 

“Cuando ella pregunte quién mandó estos alimentos, respondan: ¡Fue el diablo!”

Cuando llegaron a la casa la mujer los recibió con alegría y fue inmediatamente guardando los alimentos que le llevaron los secretarios del brujo. Al ver que ella no preguntaba nada, ellos le dijeron:

-Señora, ¿No quiere saber quién le envió estas cosas?

La mujer, en la simplicidad de la fe, respondió:

-No, mi hijo, no es preciso. Cuando Dios manda, ¡hasta el diablo obedece!

Es evidente que una curación fácil y un encuentro casi accidental con una especie de curandero itinerante no son el lugar para realmente reconocer que es Dios el que reina.

Esto explica que Jesús no quiere que sus milagros sean anécdotas, sino mensajes que anuncian la llegada del Reino.

En el fondo, la demora en conceder esa sanción y el modo de hablarle a esta mujer son una especie de catequesis que quiere mostrar por qué caminos le llega la salvación.

Al decirle que está recibiendo migajas de la mesa del pueblo elegido le está mostrando que sólo hay un Dios, que ese Dios se ha revelado al pueblo de la alianza, y que de Él y sólo de Él viene todo bien.

Siempre el poder de Dios triunfará sobre el poder del demonio.

Vencer al enemigo

Se cuenta que cierto emperador chino, cuando le avisaron que en una de las provincias de su imperio había una insurrección, dijo a los ministros de su gobierno y a los jefes militares que lo rodeaban: “Pronto destruiré a mis enemigos”.

Cuando el emperador y sus tropas llegaron a donde estaban los rebeldes, él trató afablemente a éstos, quienes, por gratitud, se sometieron a él de nuevo.

Todos los que formaban el séquito del emperador pensaron que él ordenaría la inmediata ejecución de todos aquellos que se habían sublevado contra él; pero se sorprendieron en gran manera al ver que el emperador trataba humanitariamente y hasta con cariño a quienes habían sido rebeldes. 

Entonces el primer ministro preguntó con enojo al emperador: 

– ¿De esta manera cumple su Excelencia su promesa? Dijiste que veníamos a destruir a nuestros enemigos. Los has perdonado a todos, y a muchos hasta con cariño los has tratado.

Entonces el emperador, con actitud generosa, dijo:

-Les prometí destruir a mis enemigos; y todos ustedes ven que ya nadie es enemigo mío, a todos los he hecho mis amigos. 

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, la gracia de vivir fieles al Señor, vivir conforme a sus enseñanzas, escuchando su Palabra y poniéndola en práctica mediante un gran amor tanto a Dios como a nuestro prójimo. 

Oremos muy especialmente hoy por nuestros amigos y sus familias.

Se ha dicho siempre que la mejor forma de vencer al enemigo es haciéndole amigo. Pidamos por los que nos rechazan.

Qué gran lección

Paco entró en su casa pisando fuerte. Su padre se quiso dirigir a él, pero antes él le dijo irritado:

– Papá, estoy con muchísima rabia. Joaquín no podría haberme hecho lo que hizo.

Su padre, un hombre sencillo pero sabio, escuchaba a su hijo mientras él seguía con su reclamo: 

– Él me humilló delante de mis amigos. ¡Me gustaría que le pasase algo malo!

Su padre tomó una bolsa de carbón y le dijo: 

– Lleva esta bolsa hasta el fondo. Hijo, imaginemos que aquella camisa blanca que está en el tendedero es tu amigo y que cada trozo de carbón es un pensamiento malo que tú le envías. Quiero que tires todo ese carbón en la camisa, hasta el último trozo y dentro de un rato vuelvo para ver cómo quedó.

Al niño le pareció un juego divertido, la camisa estaba colgada lejos y pocos trozos acertaban al blanco. El padre que miraba todo, le preguntó:

– Hijo, ¿cómo estás ahora?

– Estoy cansado, pero feliz porque acerté muchos trozo de carbón en la camisa.

El padre miró a su hijo, que no entendía la razón de aquél juego y le dijo:

– Ven, quiero que veas una cosa

El hijo fue hasta el cuarto y miró en un gran espejo. Paco sólo conseguía ver sus dientes y ojos. Su padre, entonces, le dijo: 

– Viste que la camisa casi no se ensució, pero fíjate en ti mismo. Las cosas malas que deseamos a los otros son como lo que te pasó a ti. Aunque consigamos perturbar la vida de alguien con nuestros pensamientos, los residuos de esos se quedan siempre en nosotros mismos.

Qué gran lección le dio el papá a este muchacho.

Ojalá todos los papás actúen así.

Madre agonizante

El cuadro era impresionante. Un oscuro cuartucho en el barrio, una lamparilla de queroseno que iluminaba el rostro enjuto de la madre agonizante. A su lado, un bebé nacido prematuramente, ya sin vida. A los pies de ella, otra niña esquelética, que parecía tener como un año. Una leve sonrisa se dibujó en los labios de la madre cuando vio al misionero a su lado.

Tenía la seguridad de que su hija no se quedaría sin amparo. Tres días después, el Señor la llamó.

¿Quién podría quedarse con la chiquitina? El padre llamó a las puertas de los ricos. Nadie se quiso hacer cargo. Cuando no se encuentra ayuda entre aquellos que pueden ayudar, lo único que queda es buscarla entre los pobres. 

Al volver del entierro hablé con doña Juana, una señora de color, madre de ocho hijos:

– ¿Qué vamos a hacer con la pequeña?

– ¿Aquella niña de la mujer que murió anoche? 

– Venga a ver. Está durmiendo que da gusto verla. Después de que le di un bañito y un poco de leche, se calmó. Ahora tengo ocho negritos y una blanquita.

– Pero, ¿usted se va a hacer cargo?

– Hablé con mi marido y estuvo de acuerdo. Hasta ahora Dios no nos ha dejado de su mano. Si nos ayudó a llenar ocho bocas, una más no va a ser problema. 

Entré en la casita, pobre pero limpia. Alrededor de la cuna, estaban las caritas negras mirando felices a la hermanita blanca que acababan de recibir.

Qué impresionante historia que arranca hasta las lágrimas.

Aprendamos la generosidad de esta negrita, madre de ocho hijos.