La respuesta de San Francisco de Asís

Se hallaba San Francisco con el hermano Maseo, hombre de gran santidad y discreción y dotado de gracia para hablar de Dios; por ello lo amaba mucho San Francisco. Un día, el hermano quiso probar hasta dónde llegaba su humildad; le salió al encuentro y le dijo en tono de reproche:

– ¿Por qué a ti?, 

– ¿Qué quieres decir con eso? -repuso él.

– ¿Por qué todo el mundo va detrás de ti y no parece sino que todos pugnan por verte, oírte y obedecerte?. Tú no eres hermoso de cuerpo, no sobresales por la ciencia, no eres noble, y entonces, al oír esto, San Francisco sintió una grande alegría de espíritu, se dirigió a él y le dijo:

– ¿Quieres saber por qué a mí viene todo el mundo? Esto me viene de los ojos del Dios altísimo, que miran en todas partes, a buenos y malos, y esos ojos santísimos no han visto, entre los pecadores, ninguno más vil ni más inútil, ni más grande pecador que yo. Y como no ha hallado sobre la tierra otra criatura más vil para realizar la obra maravillosa que se había propuesto, me ha escogido a mí para confundir la nobleza, la grandeza y la fortaleza, la belleza y la sabiduría del mundo, a fin de que quede patente que de Él, y no de criatura alguna, proviene toda virtud y todo bien, y nadie puede gloriarse en presencia de Él, sino que quien se gloría, ha de gloriarse en el Señor.

Dios piensa siempre distinto.

Esa respuesta que dio San Francisco de Asís al fraile Maseo debe ser para nosotros una invitación a ser siempre humildes.

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