Manos vacías

Una joven está agonizando. La rodean sus parientes y amigos; ya no puede pronunciar palabra. Sin embargo, su conciencia se mantiene lúcida. Sus ojos lucen vivos y aparentan captar todo lo que pasa a su alrededor. 

En un momento dado, todo el mundo la mira. Parece que tiene alguna cosa que comunicar, pero no consigue transmitirla. ¿Se trata de una petición? ¿De un desahogo? Crece la ansiedad en quienes la rodean.

Por fin, con un esfuerzo supremo, la joven extiende los brazos, abre las manos y las mantiene extendidas con las palmas abiertas, mientras mira hacia el cielo. Al parecer, entendieron el sentido de ese gesto, las palmas abiertas y el mirar angustiado hacia el cielo.

El sentido era bastante claro: la joven tenía miedo de comparecer ante Dios con las manos vacías. Pensaba no haber hecho nada útil durante su corta existencia.

Felizmente, su temor era infundado; había tenido una vida de gran entrega.

También a nosotros se nos invita a “seguir adelante”, a no quedarnos satisfechos de cómo vivimos el evangelio de Jesús, porque siempre podemos mejorar nuestra calidad de fe y el testimonio que damos. No sólo en lo espiritual y en la caridad social: también en la entrega de nuestra vida, dedicada más a Dios. Aunque tengamos que remar contra corriente en medio de una sociedad cuyo único criterio, a veces, parece ser el hedonismo fácil, sacarle la vuela a lo difícil, al sacrificio, a la cruz.

Remar contra corriente, es decir que vayamos siempre en favor de la vida, aunque muchos estén sembrando muerte.

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